México 2026: ¿Fiebre mundialista o ilusión pasajera?

El impacto de los megaeventos deportivos como los Mundiales de Fútbol o los Juegos Olímpicos suele generar expectativas desbordadas. Se habla de un "boom" económico y turístico que transformará ciudades enteras, pero la realidad, respaldada por datos y estudios, muestra un panorama más matizado. Los picos de actividad son reales, pero rara vez se traducen …

México 2026: ¿Fiebre mundialista o ilusión pasajera?

El impacto de los megaeventos deportivos como los Mundiales de Fútbol o los Juegos Olímpicos suele generar expectativas desbordadas. Se habla de un “boom” económico y turístico que transformará ciudades enteras, pero la realidad, respaldada por datos y estudios, muestra un panorama más matizado. Los picos de actividad son reales, pero rara vez se traducen en cambios estructurales y permanentes. Lo que sí queda, cuando la gestión es inteligente, es un legado tangible: mejor infraestructura, mayor visibilidad internacional y lecciones valiosas para futuros eventos.

Durante los Juegos Olímpicos de Londres 2012, por ejemplo, la ocupación hotelera alcanzó un impresionante 87.7% en la ventana olímpica, con tarifas promedio que superaron las 216 libras esterlinas. Sin embargo, al mes siguiente, en septiembre, los números ya mostraban un descenso notable. Este patrón se repite en otros eventos: el impulso inicial se desvanece con rapidez una vez que las cámaras y los turistas abandonan la ciudad. Un estudio académico sobre el Mundial de Brasil 2014, basado en datos de la industria hotelera, confirmó esta tendencia. Aunque hubo un crecimiento durante el torneo, en ciudades como São Paulo no se observó un aumento sostenido en los ingresos. El termómetro subió, pero el clima no cambió.

Este fenómeno no es exclusivo de los Mundiales. En las Olimpiadas, el llamado “efecto desplazamiento” —donde los turistas habituales evitan la ciudad por los altos precios o la saturación— complica aún más el panorama. Antes de París 2024, diversos análisis advertían sobre este riesgo, que puede contrarrestar los beneficios económicos esperados. La evidencia acumulada sugiere que, en promedio, los megaeventos generan un impacto positivo, pero limitado en el tiempo. Los picos de demanda son reales, pero rara vez se traducen en un salto cualitativo para la economía local.

Uno de los mayores riesgos durante estos eventos es el cuello de botella en la oferta de servicios, especialmente en el sector hotelero. Cuando la demanda supera la capacidad disponible, los precios se disparan y pueden surgir prácticas abusivas. Sin embargo, hay ejemplos de cómo mitigar este problema. Durante los Juegos Olímpicos de Río 2016, el Comité Olímpico Internacional implementó una alianza con Airbnb que permitió ampliar la capacidad de alojamiento de manera significativa. Según un estudio citado por el Foro Económico Mundial, la plataforma aportó el equivalente a 257 hoteles adicionales, generando ingresos directos por alrededor de 30 millones de dólares para los anfitriones y una derrama económica estimada en 100 millones de dólares en solo tres semanas. Este caso demuestra que, con estrategias innovadoras, es posible distribuir mejor los beneficios y evitar la saturación.

Para el Mundial de Fútbol 2026, que se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá, estos antecedentes ofrecen lecciones valiosas. La clave no está en esperar un milagro económico, sino en planificar con realismo, diversificar la oferta y asegurar que los beneficios lleguen a la mayor cantidad de actores posible. Los megaeventos pueden ser una oportunidad para modernizar infraestructuras, mejorar servicios y posicionar a las ciudades en el mapa global, pero su impacto real dependerá de cómo se gestionen antes, durante y después del evento. El verdadero legado no es un crecimiento efímero, sino la capacidad de dejar una huella duradera en el desarrollo urbano y social.